La Alegoría del Alma – Prólogo

Escrito por Maru

Asesorado por Grainne

Editado por Sharon


Escrito por Maru

Asesorado por Grainne

Editado por Sharon



Una vez creí que merecía todo en la vida.

Dinero, prestigio, inteligencia, belleza, poder, amor… Siempre creí que me estaban destinados. Una vida llena de lujos y alabanzas, envidiada y deseada por todos; alguien por quien los demás deberían luchar por contentar, alguien por quien desvivirse a servir, alguien a quien deseasen amar. Alguien que alcanzaría cualquier cosa que quisiera.

Y en realidad, así fue. Nunca hubo nada que me resistiese, nunca hubo nada que me faltase, nunca necesité desviarme de lo que veía. Me gustaba sentirme deseada, envidiada, adulada… Creía ser el centro del universo.

Sin embargo, las cosas no son eternas. Y mi vida perfecta, tampoco.

Igual que este fuego que engullía a la ciudad con rapidez, mi vida se deshizo cual azúcar en agua. Abandonada por mi familia, sin ningún tipo de sostén económico, sin un título que me alzase, sin amigos, sin respeto, sin mi prometido… ni mi dignidad. Todo se esfumó.

Ya no me quedaba nada más que el rencor de las personas, el asco, el desagrado, la crueldad, el dolor que todo fue dejando a su paso y la desesperanza que acabó sumiéndome por completo.

Ahora, todo eran cenizas vacías que se iban con el aire. Mi vida soñada, mis aspiraciones y deseos… ¿A esto me llevaron? ¿Mi tenacidad me lo quitó todo? Al final, ¿para qué había seguido ese camino?

No me quedaba nada. Todo lo que ansiaba se desprendió de mí. Pero no era eso lo que anhelaba ahora, sino todo lo que ya había perdido por el camino sin saberlo. Ahora que es demasiado tarde, pienso en lo que deseché a lo largo de los años a través de mis acciones, de mis gestos, de mis palabras.

Todo por mi egoísmo. Todo por mi culpa.

Al principio me rehusé. Les eché la culpa a los demás y busqué mil excusas, sin embargo todo era mi culpa. Y acabé aprendiéndolo de la peor manera posible. El dolor, la humillación, la vergüenza, la soledad, la angustia y desesperanza se habían encargado de ello. Demasiado tarde para arrepentirse, demasiado tarde para arreglar las cosas, demasiado tarde para redimirme.

En el fondo, me lo había buscado, y lo sabía. Mi personalidad tan horrible me llevó a esta situación. No fue mi prometido, ni mis padres, ni los nobles que creí mis amigos, los sirvientes… Al final fui yo quien tomó las malas decisiones y, cuando supliqué ayuda, nadie vino a salvarme. Porque no había nadie que me quisiese, y aún menos había motivos para hacerlo.

Solo la guerra y la enfermedad me permitieron salir de ese cautiverio. La muerte y la destrucción me habían liberado de la jaula… para verme caer de nuevo.

Ver las casas de la ciudad arder me hacía ser consciente de ello.

Las caminos que una vez fueron grandes avenidas donde los nobles se paseaban con orgullo, donde la vida y la luz engalanaban cada rincón; donde una vez disfruté pasear… Ahora, en esta noche invernal, el fuego lo teñía todo de tonos anaranjados, el humo arañaba los ojos y los cadáveres decoraban las calles.

Con un nudo en el estómago, anduve por esas calles con mis pies descalzos notando cada pequeño bache en el suelo. El camisón beige, levemente rasgado  en sus bordes por el paso del tiempo, se había vuelto gris por la ceniza. El ambiente frío se camuflaba por el calor que desprendían las llamas, pero eso no impidió que caminase abrazándome a mí misma ante el horror que mis ojos veían.

Descorazonada, miré a cada rincón, buscando cualquier signo de vida, pero solo encontré cuerpos inertes, algunos con evidentes heridas mortales, otros sin ningún rasguño aparente. El olor que desprendían te avisaba de las causas de la defunción.

Cohibida, llegué hasta una plaza, antaño rebosante de vegetación, donde una hermosa fuente solía atraer las miradas de las personas. Recordaba haberla mirado maravillada tiempo atrás, admirando las esculturas femeninas que, representando a ninfas, parecían juguetear en el agua. Ahora, con algunas de esas esculturas quebradas, la estructura daba un aspecto deprimente y fantasmagórico; incluso los rostros de las estatuas, que siempre me parecieron bellos y sonrientes, ahora parecían mirar con horror a la ciudad que se consumía.

La belleza es efímera… incluso para las estatuas. Es una pena… era muy bonita… pensé con un suspiro mientras recogía un fragmento de una de las esculturas caídas.

En cierta forma, lo que le pasó a la fuente me recordaba a mí misma: algo bonito y admirado que se había vuelto pedazos.

Entristecida, dejé el pedazo sobre el filo de la fuente, donde el agua aún se contenía en su interior. Fue entonces cuando, bajo el ambiente pesado de la ciudad en llamas, vi mi rostro.

Quitando la leve suciedad que se había pegado a su piel, un rostro de grandes ojos, pálido y despeinado miraba con sobrecogimiento al agua. Por un momento me sorprendí al mirar ese rostro después de tanto tiempo. Había cosas que habían cambiado; se veía sucio, más delgado que antes, haciendo parecer los ojos plateados más grandes aún de lo que eran, bajo los cuales, la piel se había vuelto demasiado pálida. Los labios, antaño tersos y seductores, se veían ahora resquebrajados por morderlos tanto. El pelo que siempre cuidé con gusto, ahora estaba desarreglado por la huida, haciendo que los bucles cobrizos pareciesen una maraña.

La joven que antes parecía una princesa ahora se veía como una completa mendiga. A veces la vida devolvía las cosas de la forma más justa.

—Qué irónico —me reí sin ganas—. Yo, que siempre me creí por encima de los demás. Ah… quien me viese ahora…

De seguro se alegraría, terminé en mis pensamientos.

Sobrecogida, me mordí los labios con fuerza hasta notar el sabor de la sangre en mi boca. Qué humillación tan grande… Mi dignidad había sido arrojada al suelo una y otra vez desde ese día…

¿Cuántas veces me había arrepentido de todo desde entonces? ¿Cuánto más tendría que pagar?

¿Tengo que pagar toda una vida? pregunté al cielo nocturno con lágrimas en los ojos.

—¿Qué más tiene que pasarme para redimirme…? —susurré.

Como si de una señal se tratase, algo sonó a mi espalda. Acostumbrada a reaccionar ante el más mínimo ruido, retrocedí unos pasos mientras me giraba al mismo tiempo para ver qué había provocado dicho ruido.

Fue entonces cuando confirmé que, en efecto, el destino parecía que quería devolverme todo el mal que había causado.

Podría haber echado a correr, podría haber gritado, pero solo me quedé ahí, paralizada ante lo que veían mis ojos.

Habían pasado años desde la última vez que lo había visto, pero jamás podría olvidarlo.

—Vaya, vaya, vaya. ¿Quién tenemos aquí? ¿No es la… Joya del Reino? —habló con evidente burla en la voz.

Sin afán de contestar, me limité a quedarme ahí, mirándolo mientras mi cuerpo comenzaba a temblar ligeramente, sucumbiendo al temor, pero sin capacidad de huir.

—Oh, nunca imaginé verte así —continuó—, pero mentiría si dijese que no lo he deseado. Cada día.

Comencé a respirar entrecortadamente, asustada. Cada fibra de mi ser me pedía huir, llorar, gritar de terror, pero era incapaz de moverme aun sabiendo lo que podría pasar. Aun sabiendo que mi vida podría acabar en ese momento.

Sin embargo, no me movía. ¿Era por el miedo? ¿O tal vez era la culpa?

Me mordí el labio inferior de nuevo y cerré los ojos un momento, intentando evitar que las lágrimas cayesen. Cuando los volví a abrir, ahí seguía. Tan majestuoso, tan enigmático, tan hermoso y atemorizante. La persona que más me odiaba en este mundo y que más razones tenía para desearme la peor de las suertes.

Ante mí estaba a quien una vez dejé de lado, a quien traicioné cuando más me necesitaba. A quien quise… hasta que se impuso mi estupidez.

—Creo que ya va siendo hora de que ajustemos algunas cuentas, ¿no crees? —me sonrió, de esa forma que helaría la sangre a quien la viese.

—Yo… —conseguí retroceder un par de pasos, pero antes de que me diese cuenta, ya había sujetado una de mis muñecas con tanta fuerza que me hizo jadear.

—No vas a ir a ninguna parte. Tenemos que recuperar años de separación —canturreó.

Asustada, mi cuerpo comenzó a reaccionar por fin, dejándose llevar por el instinto de supervivencia. Pero yo estaba débil, y él era demasiado fuerte, quedando de rodillas sin poder evitarlo.

—Por favor…

—Oh, ¿vas a suplicar? —se rio—. Eso me gusta. Hazlo. Hazlo, como lo hice yo en su día. —Un dolor quemante se extendió por la muñeca, haciéndome gemir de dolor—. Siente la misma desesperación que yo.

Dolía, quemaba cual agua hirviendo sobre la piel. Pequeñas lágrimas se deslizaron por mi rostro mientras él se reía.

—Oh, ¿duele? —me levantó la barbilla, para mirarlo a la cara—. Esto es solo el principio.

Supe entonces que no saldría de ahí con vida. Su sonrisa, su voz y su mirada me lo decían. Y lo peor era que, en el fondo, sabía que me lo merecía. Por todo el dolor que le provoqué.

Ante mí estaba la persona por la que comenzó todo, la persona por la que mi vida siguió este camino.

La persona a quien le destrocé la vida.

Hubo una vez que pensé en él como mi persona más importante, y puede que fuera recíproco, pero entonces nos alejamos. Hubo una vez que lo buscaba a cada rato, luego lo traicioné. Y también… hubo una vez que lo amé, antes de que lo odiase.

Sin embargo, hubo una cosa que nunca cambió. Y era esa mirada, tan única, tan cálida, tan hermosa… Los ojos que nunca podría olvidar ni dejar de admirar.

Ni siquiera cuando fueran ellos los que me trajeran la muerte.


Maru
Bueno, un poco tarde pero... Finalmente también presento mi proyecto como escritora jaja. Ya era hora que la líder de escritores fuera la única sin una novela. Espero que sea de vuestro agrado y que acompañéis a Eileen en este largo, intenso y peligroso viaje ^^

3 respuestas a «La Alegoría del Alma – Prólogo»

  1. No pude evitarlo, pero al principio, pensé en Azula. Debe ser porque justo estoy viendo el Avatar, y la princesa del fuego termina así. Humillada, sin nada, sin honor. Como dicen por ahí, mientras más arriba estés, más dura es la caída.

    Me gusta mucho como escribes! Ahora, ese final. ¿Será ese nuestro protagonista? ¿Cambiará ella y cambiarán sus sentimientos y por lo tanto, este horrible final?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *