El Rey Demonio y la Bella Villana – Capítulo 8: Segundo reinicio

Escrito por Noah

Asesorado por Grainne

Editado por Michi


Desde que Maō se había integrado en aquella madriguera, se había visto en vuelto en una rutina estricta, dirigida por nada menos que el viejo humano (Bertram).

Cada mañana era obligado a levantarse a las primeras horas de la madrugada y dirigirse hacia el comedor para desayunar junto a los otros humanos. Iniciando a comer solo tras la indicación de Bertram. El desayuno, normalmente, era bastante simple y herbívoro para el gusto de Maō, él de ese día aún más. Una taza de avena acuosa, junto una cosa gelatinosa y dulce sabor a frutas y una cosa olorosa de color blanco.

La única cosa que valía la pena entre esos alimentos humanos era una extraña y pequeña criatura. Maō tomó una de ellas y aspiró su aroma cálido que exhalaba de su piel crujiente y dorada; con un mordisco saboreó su interior suave y esponjoso que causaba cierto hormigueo en su interior. Estaba caliente. Aun así, siguió comiéndolo; después de todo, era lo único decente que merecía su atención.

—Maō, no te comas solo el pan. También come las gachas, no dejes que se enfríen.

El azabache ignoró el comentario del humano y continuó devorando el pan, mirando de reojo a los humanos que desayunaban con él. Cada uno de ellos eran de apariencia simple, pero algunos mostraban ciertos rasgos que los hacía lucir muy diferentes de los demás humanos que había visto en la capital.

Ojos dorados como los de un warg, piel de color tierra o el cabello tan rojo como la sangre; incluso había un humano que tenía el mismo cabello azabache que él, diferenciándose solo por sus ojos rasgados de tono oscuro.

Es extraño que no haya visto a otros humanos como ellos antes, pensó Maō en algún momento del desayuno, mientras saboreaba un vaso de leche. Aunque, quizás, no debía interesarse por ello. Solo eran unos cinco humanos con dichas características extrañas en ese lugar y ellos no se relacionaban a su objetivo.

Pronto, Bertram terminó su desayuno y tras limpiarse las comisuras de su boca con una servilleta, miró a los sirvientes, quienes terminaban (o en su mayoría) de comer, y dijo:

—Pónganse en fila, daré la revisión.

Tras su orden, recogieron sus platos para luego colocarse en dos filas por género, empezando así la tercera parte de su rutina: la revisión de Bertram (y en ocasiones de Silvana). En ella, el viejo mayordomo verificaba el orden de la vestimenta de cada criado, regañando al que estaba mal arreglado.

Al terminar, ambos ancianos daban varias órdenes, dejando después que los sirvientes se retiraran y permitiendo continuar la formación de Maō. El rey demonio chasqueó la lengua al pensar en el estricto adiestramiento que Bertram le realizaba. Cada día le enseñaba la forma de hacer un té bajo el gusto exclusivo del títere de la vieja bruja, tampoco ayudaba que el viejo humano no repitiera de nuevo el procedimiento y fuera grosero al ver un error.

Dirigió su mirada hacia Bertram, quien en ese momento acomodaba varios utensilios sobre la mesa de manera específica y movía una taza cada minuto al no gustarle la forma en que estaba acomodado. Tras sentirse satisfecho con el orden y dar una sonrisa orgullosa, el viejo mayordomo miró a Maō.

—Bien, hoy aprenderás a realizar un tipo de té que nuestra joven Señora disfruta en verano —dijo el humano, empezando a explicar de forma tediosa su elaboración.

La receta era bastante simple, frutas de color rojo y agua caliente para obtener su extracto en una jarra. Lo complicado estaba en sus detalles minuciosos sobre el tipo de agua, la temperatura requerido o el tiempo. Pronto, Bertram terminó con el extracto y cerró la jarra con una tapa, diciendo al momento.

—Haremos el mismo procedimiento de siempre. Preparas el té que te acabo de enseñar y un té de jengibre. Responde a las preguntas que te haga, Maō.

El rey demonio asintió en silencio y se acomodó en su espacio de trabajo, preparándose para iniciar con el verdadero adiestramiento de Bertram. Ahora iniciará realmente, pensó Maō, preparando el té de frutos rojos.

—¿A cuántos grados debe tener el té de jengibre para entregarlo a la joven dama?

—100°C…

—¡Incorrecto! ¡Eso quemaría la delicada lengua de la joven dama Celica, insensato! —interrumpió Bertram con un fuerte grito y con cierta impertinencia le preguntó. —¿Cuál es la temperatura correcta?

Maō se quedó en silencio, mientras continuaba preparando el té. Tras cerrar la jarra, dejo la infusión reposar y miró al humano, quien tenía un ceño fruncido que se  marcaba más y más a cada segundo que pasaba.

—90 °C, agregar una tajada de limón y entregar tras tres… no, cinco minutos de servirlo en la taza.

El humano no le quito la mirada y tras un resoplo, respondió:

—Correcto. La joven Señora ha pedido un té de frutas rojas, mientras lo preparas, ¿qué le debes servir a la joven dama en su espera?

—…esa cosa como la nieve, que te congela la lengua… —pronto sus palabra fueron cortadas por un golpe en seco sobre la mesa.

—¡Sorbete, Maō, sorbete! ¡Repite conmigo: sor-be-te! —pronunció lentamente, siendo seguido por el rey demonio. El humano movió su bigote y volvió a preguntar. —¿De qué sabor debe ser?

—Fresas. Muy ligeras para no… uhm, arruinar su paladar.

Bertram asintió y le indicó continuar con el próximo té. Maō calentó (a no menos 120 °C) nuevamente el agua que anteriormente había hervido, tomando la ralladura deshidratada de jengibre. La hirvió por varios minutos para luego preparar la taza, momento que volvió a escuchar otra pregunta de Bertram tras una ligera tos.

—¿Cuáles son los aperitivos correspondientes del té de jazmín y el de canela?

—Galletas dulces…

—¡Maō, estas sirviendo mal el té de jengibre! —interrumpió Bertram con otro golpe sobre la mesa. —Hazlo de nuevo, y esta vez hazlo bien.

El niño apretó la mandíbula y asintió, mientras gruñía mentalmente a la impertinencia de aquel humano; botó el té servido y tomó una taza limpia. Respirando profundamente, Maō miró la taza: ¿cuál había sido el paso que se saltó? Se mantuvo tranquilo, a pesar del molesto sonido que hacía Bertram al golpear (con impaciencia) su zapato contra el suelo. Creo que debo de endulzarlo antes…, pensó Maō.

Tomó la miel y tras dudar unos minutos, vertió con una cuchara un poco de miel en los bordes interiores de la taza, para finalmente servir el té y colocar una rodaja de limón. El momento que Maō había terminado de servirla, el viejo mayordomo la probó, arrugando el ceño al instante.

—Muy dulce. Nuestra Señora lo prefiere más ligero —miró al azabache. —Prepáralo de nuevo. Pero primero, termina el de frutos rojos.

Sin decir palabra alguna (aunque el deseo asesino no dejó de estar presente en Maō), el azabache continuó con el té anterior hasta que logró terminar de forma satisfactoria o en términos de Bertram: apenas aceptable por sus constantes errores.

Tras esa práctica seguía normalmente cómo servirle té a la reencarnación de Adela, que no perdía su esencia complicada. El humano siempre colocaba más presión sobre él cuando servía el té, forzando a Maō mantener un pulso firme sobre la tetera mientras lo hacía. Aún podía escuchar sus constantes regaños la primera vez que sirvió té.

No dejes que ninguna gota caiga fuera de la taza. No sirvas de manera brusca, debe ser elegante, ¡elegante he dicho! Mantente recto y no coloques una mueca. Chasquea la lengua de nuevo frente a tu Señora y te castigaré… Esos eran de uno de los tantos regaños que había recibido, pero al final Maō había aprendido a mantener una expresión neutra y tranquila aún si quería ver arder todo ese lugar mientras los devoraba.

Fue alrededor de la hora del almuerzo cuando por fin había terminado la primera ronda de la mañana (en la tarde será mucho más molesto, se recordó a sí mismo) y pudo respirar con alivio, mientras caminaba por el pasillo. Quizás podría empezar su investigación…

—Maō has terminado?, ayuda Nela a guardar las sábanas —le ordenó Bertram cuando lo vio.

Maō chasqueó la lengua y se fue a cumplir con el encargo, mientras maldecía su suerte. En verdad odiaba que también tuviera que hacer otras tareas en la madriguera. Aunque mayormente las tareas eran muy simples de cumplir, lo que le molestaba de ellas eran las miradas que recibía de algunos humanos. Eran molestas, en especial, cuando los enfrentaba y estos descaradamente fingían inocencia.

Salió del cuarto de almacenamientos, azotando la puerta, y gruñó molesto tras terminar su tarea. Aún podía escuchar la voz molesta de la humana que lo acompañaba  regañarlo sobre doblar mal las sábanas. Cosa falsa, porque era claro que esas sábanas no estaban a planchadas (¿por qué los humanos calentaban esas telas?) y no era su culpa que estuvieran ya arrugadas.

Chasqueó la lengua, eso era también la otra razón de su enojo. Cuando trabajaba con otros humanos estos mantenían una actitud antipática hacia él… bueno, algunos. Habían unos que eran bastantes neutrales o lo ignoraban, solo indicándole lo básico para que realizara la tarea.

Molestos por donde se miré, pensó Maō mientras caminaba hacia el salón. Pronto, se ocultó entre las sombras (liberando su capa al instante) y observó a un humano que el viejo mayordomo escoltaba. ¿Por qué él está aquí?

Era un joven alto y elegante que mantenía una expresión serena sobre su rostro. Su largo y liso cabello lo llevaba atado en una cola simple, dejando que algunos flecos de color índigo cayeran sobre su rostro. El joven sonrió de manera amable, erizando al instante a Maō; esa sonrisa no había llegado a sus ojos, los cuales se mantenían de una forma tan fría y profunda.

Maō tensó sus músculos y apretó sus dientes, mientras el joven frente a él cambiaba por una escena. Lo vio tensar su arco y apuntar con una flecha a su corazón con una mirada feroz. El arquero… ese humano era aquel joven arquero que había acompañado a la doncella sagrada y autodenominado héroe en esa batalla final.

¿Una reencarnación?, gruñó Maō mientras lo veía entrar en una habitación. Si era el caso, quizás habrían más de ese grupo en esta época… ¿incluso ese llamado héroe habría regresado? Debería descubrir que sucede…, decidió y se empezó a escabullirse cerca del salón de té.

—¿Celica aún está terminando de alistarse? —preguntó el joven una voz profunda y suave.

—La joven dama casi termina, vendrá pronto. ¿Desea que le sirva té, joven Duque? —le preguntó Bertram.

—No. Solo esperaré a Celica.

Pronto, unos pasos se escucharon bajar por la escalera y Maō miró de reojo (manteniéndose oculto entre las sombras que había), observando que Celica llegaba al salón. La joven, con un vestido elegante pero cómodo para pasear, se dirigió hacia la sala de té y entró, empezando a hablar con la reencarnación del arquero, mientras ignoraba que eran observados por el azabache.

—Gilbert, lamento hacerte esperar.

—No importa, Celica. Me alegra que decidieras acompañarme —dijo el joven con voz alegre.

—Por supuesto, siempre disfruto salir contigo —respondió Celica. —¿Por cierto, tienes alguna idea sobre donde ir o si no podemos…?

—Oh, tenía planeado que almorzaremos y luego ir al teatro —respondió entregando una sonrisa triste a Celica. —¿Tenías otra idea? Puedo cancelar la función, no es que importe realmente.

Ella dio una suave sonrisa y negó con la cabeza, indicando que podían ir al teatro para luego preguntar sobre la obra. El joven le sonrió esa misteriosa sonrisa (un tanto más natural) hacia ella y habló sobre la función que verían.

—Te encantará, querida, ya verás. Nunca me equivoco sobre ello.

Maō los observó irse, preguntándose si era lo único que planeaban. O eso una forma de ocultar sus planes, pensó; pero al final concluyó que, por ese momento, no debía preocuparse por ello. En especial, cuando no podía salir.

Luego lo descubriré, se dijo saliendo de su escondite.

—Maō, ¿cómo conseguiste esa cosa? Estoy segura que la boté —dijo un humano atrapando al pobre rey demonio con su andrajosa capa.

Este solo suspiró y decidió escaparse, no quería de nuevo pasar una pelea sobre porque su capa debían quemarla. Además, prefería gastar su tiempo en otra cosa que en esto. Después de todo aún faltaba mucho para terminar la agotadora adiestramiento de Bertram.

♦ ♦ ♦

Por fin, tras varios días del adiestramiento infernal, Bertram había considerado finalizado su formación. Se sintió realmente orgulloso cuando lo escuchó decir esas palabras.

—Es todo lo que puedo enseñarte —dijo con su voz profunda, colocando sus manos detrás de su espalda. —Ahora, depende de ti si triunfas o caes.

Maō asintió sin pensarlo, esbozando una sonrisa afilada. Bertram lo miró y suspiró, quizás pensando algo sobre la actitud del azabache, pero Maō no le tomó importancia, había terminado y era libre, eso era lo que importaba.

—Pronto será la merienda de la joven Dama, ya sabes tu trabajo —le indicó el anciano.

Sin esperar que el anciano agregara algo más, Maō dio media vuelta y se retiró del lugar. Mantuvo su sonrisa ante la idea de al fin moverse libremente por la madriguera y poder continuar con sus planes. Ahora podré investigar y observar a esa chica, pensó el rey demonio cruzando por los pasillos.

Pronto, un ligero ceño se formó en su rostro al recordar en el otro posible sacrificio, tendría que buscar la forma de observarla y verificar si había más reencarnaciones. Además, ¿cuándo iniciaría la historia que vigilaba Lucna? Según aquella extraña diosa, el papel que interpretaba le permitiría observar a sus dos posibles sacrificios.

Por otro lado, lo que ha visto hasta ahora era demasiado tranquilo (incluso aburrido) para que una diosa vigilara el desarrollo de esa llamada historia… pero también recordaba que esa historia había causado que la hija de Ahda fuera ejecutada y que la vieja loca reiniciará el mundo.

Por ahora, tendré que ser paciente y ver cómo se desarrolla las cosas. Luego comenzaré a buscar a la otra chica, pensó mientras pedía permiso para entrar en la habitación de Celica. Escuchó la voz de la joven dama y entró, encontrando a Celica sentada en un sillón en su sala personal. En ese instante, ella alzó su mirada hacía él, revelando cierta sorpresa en sus rasgos, y haciendo un ademán con su mano, dijo:

—Mantente quieto y no me interrumpas en mi lectura. Si te necesito, lo diré.

Hmph, humana molesta, Maō no respondió y se colocó cerca de la pared, mientras observaba fijamente como la joven continuaba su lectura. Se quedaron en un completo silencio, dejando que el tiempo transcurriera tranquilamente. Maō no apartó su mirada de ella, pero después de un rato comprendió que la joven no se movería y seguiría leyendo.

Frunció el ceño al pensar en esa cosa que veía tanto. El libro, objeto a su parecer muy extraño, era bastante simple que hacía preguntar a Maō que era tan interesante en ello para observar sus hojas con atención. Según entendía, esas cosas contenían información humana de diferentes épocas y estaban bajo un lenguaje de extraños garabatos. Ese viejo humano había dicho que iniciaría a enseñarme ese lenguaje… ¿Eso significa que podré descubrir sus secretos?, se preguntó observando esa cosa. Ahora que lo recuerdo… ¿Lucna no tenía libros…?

—Maō, quiero té —dijo Celica con voz monótona y le dio una mirada simple. —Preparada té negro de Leda.

Maō parpadeó sorprendido por unos instantes, no esperaba quedar atrapado en sus pensamientos, y asintió rápidamente al ver la mirada molesta de Celica cuando repitió su orden. Salió de la habitación y se dirigió hacia la cocina, si recordaba bien la humano rara vez comía más que panecillos con ese té, y ya había pasado el almuerzo.

Entró en la cocina, atrayendo la atención de los sirvientes que se encontraban allí; sin tomarles importancia (incluso reconocer su existencia), Maō caminó hacia la estufa e inició a hervir el agua. Buscó las hojas en el almacén y la tetera, acomodando cada utensilio de té sobre la bandeja de plata. Podía escuchar algunos humanos acercarse a su lugar, pero solo les dio una mirada al ver que solo eran algunos ayudantes que se movían por allí o unos sirvientes que limpiaban unos platos (¿de la merienda, quizás?) y decidió ignorarlos. Pronto, el agua llegó a su punto específico y la sacó del fuego para luego llenar la…

¿Dónde estaba la tetera?

Miró a su alrededor, estaba seguro que la había colocado sobre la bandeja junto las tazas. En ese instante, alguien tocó el hombro de Maō y este dirigió su mirada molesta hacia un criado de cabello castaño.

—Ten, no lo pierdas pequeño —sonrió, entregándole la tetera.

Maō frunció el ceño y le quitó la tetera. A pesar de mirar con desconfianza al humano, continuó con el té y colocó en su interior una cucharada de hojas y el agua caliente. Ya habiendo preparado el té, Maō salió de la cocina sin mirar atrás, en especial, al sentir irritación cuando lo último que vió fue la sonrisa de algunos humanos.

Sin embargo, antes de salir acabó encontrándose con el criado azabache. Solo le dio una mirada y siguió su camino, pero por un instante juró que el humano había dado una mirada indescriptible para luego estrechar su mirada hacia algo. Aun así, mantuvo su paso y regresó a la habitación de Celica.

Sirvió el té con suavidad y elegancia (algo que Bertram había admitido que había logrado perfectamente), agregando una cucharada de azúcar a este para luego entregarle la taza a la joven junto unos panecillos.

Celica tomó un sorbo de té, al instante frunció sus labios y ahogó un quejido, colocando rápidamente la taza sobre la mesa.

—Maō… el té. Hazlo de nuevo —ordenó la joven con una ligera mueca. —Llévate esa cosa.

Maō la miró extrañado pero obedeció y tomando la taza junto al juego de té, salió de la habitación. Caminó por unos minutos, mientras miraba el té intacto. Esa humana había reaccionado de forma extra al probarlo, especial  si le ordenó hacerlo de nuevo. Frunció el ceño, estaba seguro que lo había preparado tal como Bertram le indicó. Tomó la taza y probó un poco de su contenido, aunque rápidamente se detuvo al saborear el horrible sabor.

—Sabe tan amargo como siempre —dijo con disgusto, frunciendo ligeramente los labios. —Y esta salado…

—¿Eres tan patético para meterte contra un niño?— le reclamó una voz masculina.

—No es que fuera la gran cosa. Solo adelanté las cosas —respondió otra con un tono más ligera.

Maō se detuvo en seco al escuchar las voces humanas. Ladeó su cabeza y estrechó su mirada tratando de ubicar de donde provenían; se concentró en ellas mientras se recordaba en donde estaba cada habitación del lugar. La cocina, eran de la cocina, se dijo a sí mismo y sin perder tiempo continuó caminando hacia ese lugar, mientras escuchaba a los humanos.

—¡Maldición, Erik, pusiste sal al té! Té que iba a tomar la Señorita Celica —le gritó el primer hombre. —¡Es un niño que puede perder su empleo por tu estúpido enamoramiento!

—Hey, no digas eso. ¡Solo hago justicia!

Entonces alguien le agrego la sal… sabía que lo había hecho bien, apretó los dientes, mientras tragaba el enojo que sentía, llegando a su destino. Entró la habitación con paso firme, silenciando a los sirvientes que estaba dentro, y se dirigió al trastero. Miró de reojo a los humanos, entre ellos al criado castaño y al azabache.

—Hey, pequeño, ¿qué haces? —inició el humano castaño, observándolo con una sonrisa desde una silla cercana. —¿Necesitas ayuda?

Maō no respondió y en su lugar empezó a hervir agua y buscar lo especial para el té. Ignoró la voz molesta de aquel criado que parecía divertirse sobre sus acciones, haciendo en vista sobre los defectos de la pequeña figura del rey demonio.

—Erik, déjalo —le advirtió el criado azabache.

—Oh, vamos, relájate Kokia. Solo soy un buen adulto ayudando a un pequeño niño que es muy torpe.

—Erik.

—Oh, agrega más té. A la Señorita le gusta pesado, evitará algún regaño.

—Erik, cállate ahora.

Maō miró de reojo a los criados, observando como el castaño (Erik) ignoraba las advertencias del otro criado (Kokia), que parecía listo para callarlo él mismo. Erik sonrió de forma torcida y detuvo a Maō cuando iba a desechar el té salado cuando dijo:

—No debes botar el té de esa manera. Aun si lo echaste a perder, tienes que usarlo o beberlo, niño. Hazte responsable de tus errores.

Maō se quedó quieto al instante.

—…Tienes razón. No debería desperdiciarlo de esta manera —murmuró el rey demonio.

Sin que nadie lo esperara, Maō le tiró té (aún tibio) en la cara al criado castaño. Este gritó y cayó al suelo, maldiciendo al niño sobre su acción; Maō, por su parte, simplemente sonrió y empezó a limpiar la tetera junto a las tazas. Le dio una mirada por el hombro al ver cómo algunos sirvientes ayudaba a Erik a levantarse.

—Oh, vaya. Luces molesto, pero realmente utilice el té. No lo desperdicie —sonrió de forma maliciosa.   —Callarte no fue un desperdicio, ¿verdad?

—¡Maldito mocoso! —gruñó furioso, listo para sujetar por el cuello a Maō; sin embargo, pronto algo lo hizo tropezar, cayendo al suelo.

El pequeño azabache solo le dio una sonrisa socarrona, ocultado la ligera energía que había utilizado para detener la sombra del humano. Rápidamente, varios sirvientes varones lo sujetaron, manteniéndolo alejado de Maō, tratando de evitar que iniciará una pelea. No es que Maō necesitará que lo retuviera.

—Hmph, realmente patético, ¿no? —el rey demonio se rio y continuó preparando el té, enfureciendo aún más al humano.

—¡Cállate, maldito mocoso! ¡Solo te crees mucho por tener un puesto que ni mereces!

—Erik, por favor, cálmate.

—Como si ninguno lo pensará —reclamó este. —Todos concordamos que es un mocoso arrogante. El viejo puesto de la sra. Emma lo merece otros que llevan más años aquí, no un niño que lleva menos de dos semanas.

—Ja, entonces dime —lo miró por debajo con sus ojos rubí. —¿Por qué esas personas no están en mi puesto? ¿Por qué estaba libre? Vamos, dime.

—Por el maldito capricho y quisquillosa personalidad de esa noble.

—¿Seguro? ¿No habrá sido por su incompetencia?

—Ese puesto era de Sophie, ella solo perdió porque cometió un simple error insignificante. No era su culpa que esa noble estuviera molesta ese día —gritó Erik, ignorando la voz de una doncella que trataba de calmarlo.

—Debe importarme —respondió Maō con indiferencia.

Todos se quedaron en silencio, observando como el rey demonio terminaba con el té. Aun así, había algunos susurros que podía escuchar Maō, muchos que trataban de calmar al humano. En especial, aquella doncella de antes que le indicaba al tal Erik que no se preocupara por ella.

—Deberías solo esperar, te meterás en problemas si lo sigues molestando. Además Sophie volverá a servirle a la joven Señora cuando el niño fracase —dijo otro humano.

Escuchó a varios opinar lo mismo sobre su inevitable fracaso, haciendo que Maō crujiera sus dientes. Miserables insectos, pensó mientras salía por fin de ese lugar, no sin antes decir:

—No me coloque a su mismo nivel. No soy un fracasado como ustedes.

Regresó a la habitación de Celica, maldiciendo a esos humanos por todo el camino. Cómo se atrevían a subestimarlo, a él, y rebajarlo a su miserable estado.

—¿Por qué has tardado? —le cuestionó Celica cuando entró al salón.

—Me disculpo.

Celica se quedó en silencio sin reprender la respuesta del azabache, aunque había fruncido el ceño y bajado su libro ante la respuesta seca de Maō, y mantuvo su mirada sobre él. Maō, por su parte, decidió ignorarla y mordiendo ligeramente su lengua, le dio los últimos detalles del té. Esta vez el té había sido hecho bajo toda su atención (incluso lo probó, saboreando su horrible sabor amargo), asegurándose que no fuera alterado. Perfecto, se dijo a sí mismo, mientras le entregaba la taza a la joven dama. Esta vez no habrá problemas porque lo hice yo. No soy como esos patéticos humanos.

Pronto el ligero (pero firme) golpe de la taza sobre la mesa atrajo la atención del rey demonio. Celica suspiró, manteniendo una expresión molesta, y tras pellizcar suavemente el puente de su nariz, dijo:

—Llama a Bertram y llévate esta cosa.

—¿Eh?

—¿Eres sordo? Di una orden —lo miró molesto para luego resoplar. —Olvídalo. Llamaré yo a Bertram. Solo llévate esta cosa.

Maō se quedó quieto por unos segundos, intentando comprender lo que había sucedido, hasta que acató la orden de forma mecánica. ¿Él lo había hecho mal? Caminó hacia la puerta, escuchando en ese momento el susurro indignado de Celica.

—Supongo que Bertram espero mucho de él. Ni siquiera puede hacer té correctamente sin que lo vigilen —suspiró. —Nunca debí permitir que Emma se fuera.

Salió de la habitación, sintiendo que sus mejillas arder de la… ¿ira? ¿Humillación? No lo sabía, pero todo su cuerpo se veía enfrascado aquella emoción mientras solo podía mantener apretados sus labios y tragar en seco, manteniendo su mirada en un punto fijo.

—Entonces, ¿fallaste? —dijo una voz, haciendo que Maō observara una doncella frente a él. Ella lo miró de forma plana y agregó. —Realmente no decepcionaste a nadie.

Maō apartó su mirada de ella, intentado ocultar su rostro totalmente rojo, mientras su cuerpo temblaba de ira. Cuanto deseaba gritar, pero su voz se había apagado por completo. La doncella se burló de la apariencia callada del rey demonio y continuó con cierta alegría sus deberes.

Me la pagaran muy pronto, se juró Maō, tratando de mantener su respiración regular. Juro que esto no se quedará así, no los dejaré humillarme, murmuró sintiendo por primera vez a su orgullo ser herido.

Una respuesta a «El Rey Demonio y la Bella Villana – Capítulo 8: Segundo reinicio»

  1. Termine fascinada por la historia… Tiene una buena secuencia y la base no parece ser tan distorcionada como imaginé … Esperare con ansias un nuevo capítulo

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