El Rey Demonio y la Bella Villana – Capítulo 3: Primer reinicio

Escrito por Noah

Asesorado por Maru

Editado por Michi


Los pasos lentos y arrastrados de los prisioneros al caminar creaban un ambiente trágico a su ya apariencia reducida y patética; sin embargo, a los espectadores no les importó y siguieron gritando sus maldiciones. El rey demonio simplemente los observó, notando las firmes amarras sobre los torsos y muñecas de estos que les impedían desviarse de su desfile lúgubre. Miró sus rostros encontrándose con una gran variedad de edades y géneros que lo sorprendió, siendo el más viejo un hombre de edad muy avanzada y el más joven quizás solo unos años mayor que él mismo (en su forma humana); la única cosa que quizás mantenía cierta igualdad entre ellos eran sus ropas desgastadas, telas finas y rotas, que llevaban puestas.

Los murmullos y reproches entre la multitud se escuchaban señalar a los prisioneros con gestos cínicos y condenadores, pero por primera vez le eran imposibles de entender para el azabache. Solo podía escuchar el latido de su corazón, mientras su mirada no se apartaba de aquella joven que resaltaba entre los prisioneros.

La hija de Ahda, aquella mujer que una vez lo había enfrentado tiempo atrás, se hallaba en un estado humillante. El cabello claro que una vez realzaba con vida se encontraba ahora completamente descuidado y cortado (como a todas las mujeres prisioneras) de forma dispareja, revelando el cuello pálido de la joven. Un feo hematoma de un tono púrpura verdoso se pintaba sobre su sucia mejilla pálida, mientras su mirada platina se mantenía vacía, incluso resignada ante su situación.

—¿Qué está pasando aquí? —balbuceó el rey demonio, confundido.

—Es una ejecución —respondió un hombre a su lado sin verlo.

—¿Ejecución? ¿Qué es eso?

—Es cuando has cometido un crimen grave… ¿Eres un campesino ignorante o qué? —expresó de manera grosera una mujer.

—Lo que dice es que son sentenciados a morir —explicó el hombre, para luego señalar hacia la tarima. — ¿Ves al hombre de allí? Es el verdugo, los decapitará con su hacha.

—Tsk, nobles y sus reglas de mierda —escupió otro hombre cercano a ellos. —Debieron ser ahorcados como los bastardos que son.

El rey demonio dirigió su mirada hacia la tarima y tal como había dicho el primer hombre, sobre ella se hallaba un hombre fornido con una máscara negra (similar a un saco) sobre su cabeza. El verdugo afilaba su hacha de forma casi maliciosa y aterradora, mientras observaba a los prisioneros.

El azabache lo miró con asombro para luego ver cómo los prisioneros eran colocados en fila como cerdos al matadero, entregándoles una mirada plena de su futura muerte. Frunció el ceño y con voz plana preguntó lo obvio (quizás para él) ante la situación:

—Aun así, sigo sin comprender por qué planean matar a la hija… a quien luce como la hija de Ahda.

—¿Hablas de la mujer de ojos plateados? —respondió el hombre, pero al final no contestó y simplemente se encogió los hombros como si no fuera algo importante o le interesara.

—¡No digas tonterías, es sacrilegio! —exclamó una anciana. —Solo dejaron que los mantuviera por ser noble. Ella es una bruja impía… —pronto se detuvo cuando volvió a ver al rey demonio. — ¿Por qué hay un niño aquí?

La exclamación de la anciana atrajo la atención las personas cercanas, en especial de aquellos que habían respondido a las preguntas del rey demonio. Los adultos de alrededor empezaron a susurrar, intentando averiguar quién era el tutor de singular niño. Los susurros sobre su apariencia se empezó esparcir a su alrededor, causando que el azabache se estremeciera ante las miradas que recibía de los humanos. Había recibido esa atención antes al caminar entre multitudes, de esos humanos en el bosque, incluso de la joven que se autodenominó como la doncella sagrada; pero las miradas que recibía ahora por alguna razón le eran más pesadas y juiciosas que antes… lo hacían sentir tan diminuto. Algo que no había sentido desde hace tiempo atrás, cuando solo era un débil cachorro.

Ojos rojos, repetían una y otra vez, señalando su exótica apariencia que hacía hervir la codicia humana. El pequeño monstruo empezó a retroceder al notar cómo varios adultos se empezaban a acercar a él hasta que alguien sujetó su hombro. Por puro instinto el rey demonio golpeó el abdomen del hombre que lo había sujetado, alejándolo de él. Al momento varias manos sujetaron al niño, empezando a arrinconar al acercarse más y más; podía sentir sus respiraciones sobre él, las manos que sujetaban con fuerza su cuerpo… Tenía que salir, tenía que escapar. Pateó, golpeó y empujó revelando su fuerza hasta que fue forzado a intimidarlos con su débil aura como si fuese un simple cachorro indefenso.

Los humanos se alejaron de él, lo suficiente para que el azabache lograra escapar de allí y sin perder tiempo se escabulló entre los pasillos, sintiendo las miradas obsesivas sobre él. Lentamente empezó a disminuir sus pasos cuando había dejado de escuchar a sus perseguidores (si hubiera alguno). Aspiró y exhaló de forma errática, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza; tragó en seco y trató de recuperarse mientras se apoyaba de espalda contra una pared cercana.

Respiró profundamente cerrando sus ojos para calmar su mente. Varios escalofríos cubrieron su cuerpo de forma errática al recordar las miradas de los humanos. Abrazó su cuerpo y respiró profundamente, sintiendo que una ligera capa de sudor frío se pegaba a su ropa; siguió respirando una y otra vez. A la décima respiración, gruñó molesto por su estado y tomando un fuerte bocado de aire se enderezó ignorando a su cuerpo tembloroso, y comenzó a caminar por el pasillo. Era claro que volver a ver esa ejecución estaba fuera de discusión si tenía que volver entre esas santígüelas. Una razón que le recordaba que debería concentrarse en su verdadero objetivo: buscar a la actual doncella sagrada…

Detuvo sus pasos y volvió su mirada hacia la plaza. Podía escuchar el ligero rumor de las voces humanas que retomaban la ejecución, dando inicio a ella entre exclamaciones de condenas a los criminales, como si aquel incidente con él nunca hubiera sucedido.

¿Realmente la matarán? Se preguntó el azabache recordando la figura desdeñada de la hija de Ahda. ¿Pero realmente es la misma mujer que yo conocí…?

Por lógica debería ignorar la presencia de aquella prisionera; ella no podía ser la misma persona contra quien había luchado, quizás era una descendiente muy similar a ella… Tenía que centrarse en su búsqueda…

Aun así, su mente insistía en ver el final de ella.

Finalmente y movido por una curiosidad morbosa, caminó de regreso a la plaza. Buscó un nuevo lugar para observar la ejecución, lejos de la multitud, encontrándolo entre los tejados cercanos de la plaza que se colocaban frente a la tarima. Se sentó en el borde del techo, dejando que sus piernas colgaran al vacío, y mantuvo su mirada sobre los prisioneros.

Los caballeros tomaron a uno de los condenados a muerte, llevándolo hacia el centro de la tarima y lo arrodillaron frente al verdugo. Este acomodó la cabeza del prisionero sobre un tronco sucio, dejando a la vista el cuello del pobre miserable que temblaba ante su toque. El verdugo levantó su hacha y ¡zas! La cabeza rodó en el suelo, mientras la sangre salpicaba la madera.

El rey demonio parpadeó sorprendido ante la ejecución, sin apartar su mirada del procedimiento que hacía el verdugo. Realmente los humanos eran criaturas extrañas, crear un método para matarse entre ellos por cometer crímenes. ¿Eran acaso ejemplos a seguir? ¿Una forma en que su rey probaba su autoridad sobre ellos?

Se encogió los hombros, mientras su mirada se volvía plana ante la escena. No importaba la razón, para él los humanos eran una plaga ilógica y codiciosa que infectaba al mundo; si morían de una forma u otra no era de su interés realmente, solo significaba que ya no tendría que tratar con ellos. Esos insectos solo habían logrado sobrevivir por la caridad de una vieja loca cuando no se adaptaron ante el cambio de este mundo.

Uno a uno, los prisioneros eran llevados para enfrentar al verdugo, muriendo como terneros de un solo golpe al caer el hacha; los cadáveres de estos eran llevados y colocados en una vieja carreta cercana a la tarima, perdiendo la poca dignidad que hubieran podido tener.

Pronto llegó el turno de ella.

La mirada del rey demonio se mostró interesada, mientras la veía subir de manera ligera haciendo gala de su figura reducida y humillada en medio de aquel ocaso. Las maldiciones, todas llamándola bruja entre insultos, se alzaron contra ella al encontrarse ya sobre la tarima sangrienta, resaltando su blanca y débil apariencia. El azabache se empezó a reír ante la ironía de aquel escenario.

—Realmente un final interesante. La hija de Ahda es ejecutada por aquellos que ella protegió… ¡Ja! No ves vieja, tus preciados humanos revelan sus colores matando a tu avatar —rió. —Dime, niña tonta, ¿dónde está tu héroe ahora?

Su corazón se detuvo por un segundo cuando ella alzó su mirada hacia él, casi como si hubiera escuchado su burla. La plata y el rubí se encontraron, observándose en espera de alguna palabra; aunque pronto el rey demonio (despertando del trance) se percató que la prisionera en realidad no lo observaba a él sino al cielo. Exhaló el aire que inconscientemente había retenido y entregó una mirada fría.

—No me mires así, yo no te salvaré. No soy tu héroe —se burló ante la palabra y dio una sonrisa cuando la joven, llorosa, bajó su cabeza.

Sin embargo, muy dentro de él se sentía incómodo por aquellos ojos, haciendo que recordara la última mirada que había tenido con ella antes de ser sellado. Respiró profundamente, aspirando el aire rancio y exhalándolo entre un suspiro, y mantuvo su vista en la prisionera negándose a apartar sus ojos de ella. No tenía ninguna emoción ante su muerte, solo simple indiferencia…

Arrodillaron a la joven como un simple cordero en medio de la tarima, mientras el verdugo alzaba su hacha y ¡zas!… El golpe frío y rápido acabó con la vida de la joven, dejando su cadáver como una simple muñeca sin cabeza. No hubo silencio para mostrar respeto a su muerte ni mostraron gentileza al lanzar su cuerpo junto a los otros cadáveres.

La hija de Ahda había muerto frente a ellos y los humanos no mostraron interés alguno sobre ello, revelando que ella no tenía ningún valor para aquellos seres codiciosos. El rey demonio se mantuvo en silencio y alzó su mirada al cielo perdido en sus propios pensamientos.

—Una muerte humillante… —murmuró por fin.

De forma brusca se levantó y giró sobre sus talones para salir de allí a pesar que la ejecución no había terminado. Ya no tenía ninguna razón para permanecer en ese lugar. Tenía cosas que hacer. Caminó por los tejados, siguiendo el rastro del atributo santo que señalaba la ubicación de la actual doncella sagrada: las torres nortes del castillo.

De repente, se detuvo al notar como el ambiente había cambiado. Aquel aroma rancio de sangre y muerte se había desvanecido volviendo el aire más puro, haciendo que la sensación de pesadez del lugar se fuera. El rey demonio volvió su mirada hacia los humanos, quienes iban terminando sus últimas ejecuciones, mostrando que ninguno había notado el cambio.

¿Quizás es tan ligero que solo un monstruo puede sentirlo? Pensó frunciendo el ceño, pero luego sacudió su cabeza ante la idea. No, debe ser mi imaginación. Volvió a caminar.

Fue en ese instante que sintió cómo su sangre ardía ante la nueva energía que rodeaba su alrededor. Tensó su cuerpo listo para el combate; sin embargo, sus sentidos lo traicionaron causando que sus pasos se volverán vacilantes y resbalara. Los colores cálidos del ocaso se fusionaron con los fríos tonos del palacio, formando entre el vértigo un nuevo ambiente frente a él.

El mundo cayó ante sus ojos y él solo pudo ser tragado por ello.

 ♦ ♦ ♦

La tenue luz apenas se filtraba entre el húmedo ambiente de aquel sombrío lugar, revelando de manera tranquila la pequeña figura solitaria que se mantenía quieta en su sitio frente a una pequeña fuente.

Pronto una gota cayó al agua, despertando al azabache de su trance. Parpadeó lentamente mientras miraba su propio reflejo en la pequeña poza de agua. Su apariencia humana se vislumbró frente él, revelando el rostro pálido y la mirada rubí en shock al comprender dónde se hallaba.

Se volteó lentamente, enfrentándose al paisaje que lo rodeaba. Las paredes erosionadas de piedra por el tiempo y la vegetación que había echado raíz sobre ellas predominó a su alrededor, mientras una luz tenue y lúgubre apenas iluminaba en el lugar. Los árboles, que crecían con la poca luz del sol, se apagaban en las esquinas, levantando el empedrado de piedra del suelo entre sus raíces. Allí en medio de amplio lugar se hallaba una vieja espada incrustada en una roca agrietada.

Estaba en el templo del bosque.

Se levantó de golpe, tambaleando sus pasos ante la sorpresa, y miró frenéticamente su alrededor. Todo estaba cómo lo recordaba, nada había cambiado desde su partida… No. Había algunas cosas que se mostraban diferentes. Todos los árboles se mantenían erguidos en su lugar, en vez de encontrarse varios de ellos en el suelo cómo habían estado cuando salió por primera vez de su sello.

Miró su cuerpo, quitándose la capa para observar que aún llevaba la ropa humana que había robado, manteniéndose anormal ante aquella escena.

Alzó su mirada con temor, retrocediendo varios pasos hasta que cayó a la fuente. El agua fría lo mojó por completo despertándolo de su conmoción; sin embargo, el niño no se levantó y solo se quedó quieto entre la pequeña poza, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza y la sangre bombardeaba su ya confusa cabeza.

Los pensamientos se arremolinaron entre la confusión, pero uno predominó entre su pánico, repitiendose una y otra vez: había vuelto. Había vuelto al templo y todo lucía extraño. ¿Qué estaba sucediendo?

Una respuesta a «El Rey Demonio y la Bella Villana – Capítulo 3: Primer reinicio»

  1. Seguro ella lanzó un hechizo antes de morir, y no murió y lo teletransportó porque quiere hablar con ‘;el porque lo estaba esperando (? okey, se me fue la pinza con las teorías, jajaaj, espero el próximo.

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